Traducido del inglés. Se agradecen correcciones.
El tenugui: una tira de algodón y los trabajos discretos que cumple
Cae la tarde en un sentō (銭湯), un baño público de barrio. Un hombre mayor se sumerge despacio en el agua caliente con una tela azul y blanca, doblada, en equilibrio sobre la cabeza. Un hotel no la llamaría toalla. Es tan fina que deja pasar la luz y sus extremos no tienen dobladillo. Después, en el vestuario, la escurre casi por completo con dos giros, se seca el cuerpo y la cuelga del borde de su cesta. Esa tela es un tenugui (手ぬぐい). Basta fijarse en uno para empezar a verlos por todas partes: metido en la cintura durante un festival, atado bajo el casco de kendo, desplegado sobre un escenario de rakugo para hacer las veces de carta.
Una tira de algodón con los extremos sin rematar
Un tenugui es una sola pieza de algodón de tejido plano, de aproximadamente un metro de largo y un tercio de ancho, teñida o estampada por una cara o por las dos. Antes de que la gruesa taoru (タオル) de rizo se convirtiera en la toalla habitual del baño, los hogares japoneses se secaban las manos, la cara y el cuerpo con telas como esta. El tenugui todavía le gana al rizo en una cosa: se seca en más o menos una hora sobre el radiador de un hotel o la baranda de un balcón. Eso importa en un viaje en el que cada noche lavas algo en el lavabo.
Los extremos cortos se cortan y se dejan sin rematar, un estilo llamado kiripanashi (切りっぱなし). Quienes lo compran por primera vez suelen tomarlo por un defecto. Al no haber costura, el agua escurre directamente por el borde abierto y no queda un dobladillo que siga húmedo. Durante los primeros lavados aparecen hilos sueltos, y luego dejan de salir. Las tiendas suelen aconsejar cortarlos con tijeras en lugar de tirar de ellos.
La tela se suaviza con el uso. Un tenugui que ha pasado un verano entero de lavados cae de otra manera que uno nuevo: lacio, algo desvaído y agradable sobre la piel. Quienes los usan hablan de esa suavidad como otros hablan de unos jeans viejos.
En el baño, en el lavabo y en el andén de verano
En un sentō o en un onsen, la toallita que llevas a la zona de baño nunca entra en el agua compartida. Los habituales la doblan y se la ponen sobre la cabeza o la dejan en el borde de piedra de la bañera. Dejarla caer al agua es el error que el personal y los vecinos notan primero. Un tenugui sirve para esto mejor que una toallita de rizo, porque doblado en cuatro es lo bastante ligero para quedarse sobre la cabeza. Algunos onsen ryokan dan a sus huéspedes una tela fina estampada con el nombre y el emblema de la posada. Normalmente puedes quedártela, y en la recepción te lo confirman. En la práctica, estas telas son la tarjeta de visita de la posada.
Lejos del baño, la tela cubre un vacío que los viajeros descubren pronto. Los aseos públicos de Japón no siempre tienen toallas de papel ni un secador de manos que funcione, y por eso tanta gente lleva una hankachi (ハンカチ), un pañuelo pequeño, en el bolsillo o en el bolso. Un tenugui doblado cumple la misma función y ocupa menos que una toalla de rizo. En un andén bochornoso de julio en Shinjuku (新宿) o en Umeda (梅田) verás a oficinistas apretándose uno contra la nuca mientras esperan. Otros lo empapan en el lavabo de la estación y se lo echan sobre los hombros para salir a la calle.
En el escenario, bajo el casco, alrededor de la frente
El rakugo (落語) es un arte de narración cómica que se cuenta sentado, en salas de variedades llamadas yose (寄席). Dos que vale la pena probar en Tokio son Suzumoto Engeijō (鈴本演芸場), en Ueno (上野), y Asakusa Engei Hall (浅草演芸ホール). El narrador de rakugo solo tiene dos accesorios: un abanico plegable, el sensu (扇子), y un tenugui. El abanico se convierte en palillos, en una pipa o en un pincel. El tenugui se convierte en una cartera, en una carta leída en voz alta, en un libro de cuentas o en una batata caliente que pasa de mano en mano. Los narradores mandan estampar sus propios tenugui con su nombre y su emblema y los reparten en momentos señalados, como el ascenso a shin'uchi (真打), el rango más alto. Para los aficionados más fieles, un cajón lleno de estas telas es la memoria de las noches pasadas en la sala.
En el kendo (剣道), el tenugui se ata sobre la cabeza antes de ponerse el casco acolchado, el men (面). Absorbe el sudor y mantiene el casco bien asentado. Los dojos y las tiendas de material de kendo suelen estamparlos con un único carácter trazado a pincel o con una frase breve sobre la práctica. Al quitarse el casco tras un combate, la tela de debajo está empapada, y por eso los practicantes siempre llevan más de una.
En las fiestas de barrio, esa misma tela se retuerce y se anuda en la frente como hachimaki (鉢巻), o se la doblan sobre la cabeza quienes cargan un santuario portátil, el mikoshi (神輿). En el Sanja Matsuri (三社祭) de Asakusa (浅草), que se celebra en mayo, cada asociación de barrio tiene su propio diseño. Sus miembros lo llevan en las telas y en las chaquetas happi (法被) a juego, y los espectadores se guían por él para distinguir una multitud de hombros de la siguiente.
Diseños que dicen algo
Un tenugui es también una pequeña superficie estampada, y los diseñadores japoneses la han usado desde hace siglos para juegos de palabras y para marcar las estaciones. El juego de palabras más conocido es kamawanu (かまわぬ). Muestra una hoz (鎌, kama), un aro (輪, wa) y el carácter kana ぬ (nu), que leídos juntos significan “no me importa”. El motivo estuvo de moda entre la gente de ciudad del período Edo y el público del kabuki. Más tarde, un fabricante de tenugui de Tokio lo adoptó como nombre. Su tienda en Daikanyama (代官山), a un corto paseo de la estación de Daikanyama, en la línea Tōkyū Tōyoko (東急東横線), ordena sus estantes por meses.
Los diseños de temporada siguen un calendario fijo. Las flores del ciruelo y del cerezo llegan a principios de la primavera; la hortensia (ajisai, 紫陽花) y la lluvia oblicua, en junio; los peces de colores (kingyo, 金魚) y los fuegos artificiales, en pleno verano; y los caquis y las hojas de arce, ya entrado el otoño. En muchas casas y pequeños comercios, un tenugui cuelga junto a la entrada en un marco de madera estrecho, o de una vara de bambú, y se cambia a medida que pasan los meses. Es un pariente más ligero y asequible del rollo colgante.
Las mejores telas se tiñen con la técnica chūsen (注染). El tinte se vierte a través de pilas de tela doblada, de modo que el color empapa ambas caras y se difumina ligeramente allí donde se encuentran dos tonos. Los talleres se concentran en lugares como Hamamatsu (浜松), en Shizuoka, y Sakai (堺), cerca de Osaka. Un tenugui chūsen se ve casi igual por los dos lados, mientras que uno serigrafiado tiene el reverso pálido. Darle la vuelta a la tela en la tienda es la forma más rápida de saber cuál tienes en las manos.
手ぬぐいは、拭く布であり、包む布であり、季節を飾る布でもある。
Tenugui wa, fuku nuno de ari, tsutsumu nuno de ari, kisetsu o kazaru nuno de mo aru: una tela para secar, una tela para envolver y una tela para mostrar la estación. Esa tarea del medio es la que aprovechan quienes hacen regalos. Un tenugui envuelto alrededor de una botella de sake y anudado en el cuello es una manera elegante de llevarle algo a un anfitrión, y la propia tela pasa a formar parte del regalo. Como se guarda plano y apenas pesa, es también uno de los omiyage más fáciles de llevar a casa.
Comprarlo, lavarlo y llevarlo encima
En Tokio, las callejuelas que rodean Sensō-ji (浅草寺), en Asakusa, albergan varias tiendas de tenugui. A Asakusa se llega en la línea Ginza (銀座線) o en la línea Toei Asakusa (都営浅草線). Entre esas tiendas está Fujiya (ふじ屋), conocida por sus diseños teñidos a mano inspirados en motivos del período Edo. En Kioto, Eirakuya (永楽屋) tiene tiendas en el centro de la ciudad que reeditan diseños de su archivo. Las plantas de artesanía de los grandes almacenes de ambas ciudades ofrecen selecciones más reducidas. Una tela estampada sencilla cuesta más o menos lo que pagarías por un almuerzo en una cafetería, y una pieza chūsen teñida a mano cuesta bastante más. Las tiendas publican sus precios y horarios actualizados en sus propios sitios web. Los fabricantes más pequeños cierran en días irregulares, así que conviene comprobarlo antes de cruzar la ciudad para visitar uno.
Para un primer tenugui, lo práctico es un índigo de tono medio o un diseño sencillo de dos colores. Disimula las marcas del uso diario y se destiñe con suavidad, en lugar de perder el color de golpe. Dóblalo en tres a lo largo y luego por la mitad, y quedará plano en un bolsillo trasero o en el lateral de una mochila de día.
El error que hay que evitar es el primer lavado. Los tintes chūsen sueltan color durante los primeros lavados, y un tenugui nuevo metido en la lavadora del hotel con camisas blancas acabará tiñéndolas. Enjuágalo solo, con agua fría en el lavabo, hasta que el agua salga casi transparente, y cuélgalo enseguida a secar, sin blanqueador y lejos de la secadora. A partir de ahí puede lavarse con todo lo demás, y en las semanas siguientes se irá suavizando como el que llevaba en la cabeza aquel hombre del sentō.
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