Traducido del inglés. Se agradecen correcciones.
El tokonoma: el nicho de tu habitación en el ryokan que no es para el equipaje
Abre la puerta corredera de una habitación de ryokan y encontrarás, en una de las paredes, un hueco que parece no servir para nada. De él cuelga un rollo, en un jarrón se alza una rama y su suelo queda un poco por encima del tatami. Es el tokonoma (床の間), el metro cuadrado más cuidadosamente dispuesto de toda la habitación.
Para qué sirve el nicho
El tokonoma está para mirarlo, no para usarlo. Es la casa quien decide qué se coloca en él: un rollo colgante llamado kakejiku (掛軸), a menudo una flor de temporada y, a veces, un quemador de incienso o una sola pieza de cerámica. En una posada bien cuidada, el rollo cambia a lo largo del año, de modo que quien llegue en noviembre quizá encuentre hojas de arce o una línea de caligrafía sobre el aire que empieza a refrescar.
Dónde va la maleta, entonces
La tarima elevada es la única superficie de la habitación sobre la que los huéspedes no deben pisar, sentarse ni dejar nada. Una maleta, un cargador de móvil, un yukata doblado: nada de eso tiene su sitio ahí. La mayoría de las habitaciones ofrecen lugares mejores, como un portaequipajes junto a la entrada, el armario oshiire (押入れ) si la ropa de cama deja espacio, o el hiroen (広縁), el estrecho rincón junto a la ventana con dos sillas y una mesa baja.
El asiento de espaldas al rollo
El nicho también decide dónde se sienta cada cual. El asiento más cercano, el kamiza (上座), es el lugar de honor, y cuando la cena se sirve en la habitación, el personal suele colocar allí el sitio del huésped, de espaldas al rollo. Sentarse de espaldas a lo más bonito de la habitación puede parecer un contrasentido. La idea es que el huésped quede enmarcado por él, visto sobre el fondo de lo mejor que la casa tiene para mostrar.
床の間には物を置かない、というのが昔からの心得です。
Las habitaciones más nuevas flexibilizan la norma. En muchos ryokan más sencillos, el televisor ocupa el tokonoma, así que la propia habitación ya ha hecho su concesión. La costumbre que vale la pena conservar es pequeña: deja la tarima despejada y permite que el nicho siga con su callado trabajo.
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